Análisis electoral – Presidenciales, Colombia (Mayo-Junio 2026)
7 de junio de 2026
Autor:
Alexander Rojas R.

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Análisis electoral – Presidenciales, Colombia (Mayo-Junio 2026)
Introducción
El pasado domingo 31 de mayo, los colombianos acudieron a las urnas para la primera vuelta de la elección presidencial (2026-2030) en medio de uno de los peores panoramas nacionales del siglo. A pesar del discurso oficialista que insiste en ser un agente del progreso, Colombia atraviesa una de las peores crisis de su sistema político. Una esfera pública dividida entre dos visiones dicotómicas de país, una democracia en retroceso y un Estado fantasmagórico en amplias zonas del territorio, han sido los factores determinantes de los resultados de la primera vuelta.
Por un lado, la división de la esfera pública se refleja en el hundimiento de la cultura política en la zona de los autoritarismos, según los índices internacionales de democracia (Economist Intelligence Unit, 2025). Esta alcanzó su nivel más bajo del siglo con un puntaje de 3,13/10, situando a Colombia en la misma posición que Venezuela y por detrás de Cuba y Nicaragua—las tres autocracias más longevas de la región.

Un fenómeno que se evidencia en una nueva fase de violencia política, con eventos traumáticos para la democracia como el asesinato y las amenazas de muerte a los candidatos (El Tiempo, 2026b), presuntas coacciones a poblaciones rurales por parte de grupos guerrilleros (El Tiempo, 2026a), y estrategias de pogroms urbanos por parte de minorías radicales que defienden el oficialismo contra todo símbolo de la derecha (Defensoría del Pueblo, 2026). Como resultado, la sociedad colombiana alcanza su pico más alto de polarización en lo corrido del siglo, con un salto notable entre 2022-2025, pasando de 0.68 a 1.89/4, ubicándose por encima del promedio de Suramérica, 0.80 (Our World in Data, 2026).
Por otra parte, la democracia colombiana experimenta una regresión continua desde el periodo 2018-2020, cuando alcanzó su punto más alto (7.1/10). Desde entonces, indicadores como las libertades civiles, la participación política, el funcionamiento del gobierno y la cultura política han retrocedido. Mientras que el gobierno de Iván Duque (2018-2022) tuvo el privilegio de heredar los progresos democráticos que implicó el Acuerdo de Paz con las FARC (2016) y la estabilización relativa del país, la pandemia de COVID-19, el estallido social (2021) y las medidas represivas del gobierno produjeron una caída en picada de todos los indicadores que hasta entonces habían mostrado un ascenso progresivo.

Como parte del patrón de cambio en la política pospandemia de las Américas, que constató la sustitución de gobiernos en el 85% de los países que celebraron elecciones libres entre enero de 2020 y marzo de 2022, la izquierda colombiana conquistó por primera vez en la historia el poder ejecutivo (Rojas R., 2022). A pesar de las promesas de cambio y una fuerte crítica a las malas prácticas del establishment que reemplazaba, el gobierno de Gustavo Petro ha representado el retroceso más crítico de la democracia colombiana en todo el siglo. Pues, no solo deja el país con la misma calificación de hace veinte años (6.4/10 de 2006), sino que también el último reporte de Democracy Index augura una potencial degradación a «régimen híbrido» (Economist Intelligence Unit, 2026).
Por último, un enfoque equivocado y poco realista en la política de Paz Total del Gobierno Petro ha provocado un debilitamiento crítico del Estado. Una fragilidad institucional comparable con comienzos del siglo, cuando guerrillas y paramilitares sustituyeron de facto al Estado en amplias zonas del territorio colombiano ejerciendo funciones básicas de seguridad, recaudo de impuestos, e, inclusive, justicia (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2013). Un ejemplo de ello es el repunte significativo de actos terroristas durante la actual administración. El año 2025 no solo marca el pico más alto desde el 2003 (1.398 actos terroristas = 3.8 por día), sino también, de mantenerse la tendencia del primer cuatrimestre del 2026, los dos últimos años de la administración Petro serán los más violentos del siglo (Ministerio de Defensa Nacional, 2026).

Esta intensificación de la violencia horizontal—entre grupos armados ilegales— y vertical—contra la población civil—, mientras el aparato de seguridad se repliega, termina reflejándose en un mapa de riesgo electoral que contabilizó un total de 386/1.103 (35%) municipios en riesgo por factores de violencia como enfrentamientos armados y amedrentamientos, previo a la primera vuelta presidencial (MOE - Misión de Observación Electoral, 2026).
En este contexto, si bien las encuestas no lograron proyectar como ganador al candidato de la derecha radical—siempre en segunda posición o perdiendo en segunda vuelta—, lo que sí auguraron con cierta precisión fue el fracaso de los proyectos políticos de centro. Precisamente, este hecho es uno de los más reveladores del estado actual de la democracia colombiana y, posiblemente, el principal determinante de los próximos presidentes de Colombia.
1. La era de los extremos
Cuando la candidata Paloma Valencia anunció, un par de horas después de las primarias, que su vicepresidente sería el segundo más votado de la lista, Juan Daniel Oviedo, pocos reconocieron su significado en la historia política reciente de Colombia. Pues, la derecha más radical de las últimas décadas—identificada con una visión militarista del Estado, un enfoque neoliberal de la economía, con formas iliberales de gobierno y una moral conservadora de la sociedad—le apostaba a una estrategia de moderación bajo el supuesto de que el capital electoral uribista ya estaba ganado y los sectores de centro iban a determinar el paso a la segunda vuelta, y, con toda seguridad, la presidencia. A pesar de los resultados, la segunda parte de la premisa no era errónea.
Sin embargo, lo cierto es que las urnas confirmaron el fracaso del centro como proyecto político en el estado actual de la democracia colombiana. La candidata Claudia López no alcanzó ni siquiera el uno por ciento del total de votantes (0.9%). Sergio Fajardo logró un 4.24%, seguido de la fórmula Valencia-Oviedo que ratificó la tercera posición que les otorgaba la mayoría de las encuestas, pero con el sabor amargo de una debacle electoral que solamente les reportó el 6.9% de los votos. Los resultados de López y Valencia-Oviedo resultan aún más alarmantes. El desempeño de ambas campañas fue tan contraproducente que tanto Claudia López como Paloma-Oviedo perdieron el 50% de los votantes ganados en las primarias. Semejante catástrofe se explica por la polarización dominante, así como por un conjunto sistemático de errores de coordinación que, en el caso Paloma-Oviedo, los mostró como una alianza contradictoria, más que una fórmula disruptiva. Inclusive, su fracaso motivó el debate sobre la "muerte del uribismo"; cuando en realidad lo único que hizo fue moverse a su zona ideológica de comfort con un nuevo representante, quien sí parece tener el potencial de reconcentrar las fuerzas dispersas de la derecha, renovar el discurso y las formas de hacer política, además de jubilar su fundador, cuya injerencia puede causar más daños que beneficios.

Así, mientras el centro se hundía en la política nacional—posiblemente marginado a lo local—, los extremos se afianzaban como actores permanentes y no episódicos de la democracia colombiana. Un hecho que se confirma por la insólita similitud entre la segunda vuelta de 2022 y la primera de 2026. Pues la polarización, típica de las segundas vueltas por la reducción de las opciones a solo dos candidatos, irrumpió prematuramente en la primera vuelta presidencial de 2026.
En primer lugar, la tasa de participación alcanzó su pico más alto del siglo y, posiblemente, de la era constitucional desde 1991. No solo se superó el límite simbólico del 50%, sino que también alcanzó un 57.9%, superando en 0.2 la tasa de 2022. En consecuencia, la abstención fue igualmente más baja que en la elección anterior, con 42.1%. En segundo lugar, el margen de diferencia entre de la Espriella y Cepeda rondó los 673.000 votos; cantidad muy similar a la segunda vuelta que llevó a Petro a la presidencia con un margen de 688.000 votos sobre Hernández. Una diferencia que en 2022 había alcanzado los 2.5 millones de votos, dejando a Gustavo Petro como vencedor de la primera vuelta.

Por último, la política de los extremos se ratificó aun más en la concentración de votos. Mientras que la primera vuelta de 2022 había reportado un porcentaje de concentración del 68% de los votos entre los dos candidatos ganadores, con ocho fórmulas en competencia; en 2026 este valor se disparó a 83.6% desde la primera vuelta y con trece candidatos que hubieran (en teoría) podido dispersar más la votación. Por el contrario, de la Espriella y Cepeda concentraron de forma inusual la voluntad popular en las urnas, dejando al resto de candidatos tan solo el 13% (Registraduría Nacional del Estado Civil, 2026a).
Esta consolidación de la política de los extremos, en detrimento de la moderación, podría parecer fruto del agotamiento de los colombianos con el centro tradicional, incapaz de resolver problemas estructurales como la violencia, la inseguridad, el narcotráfico, la inequidad y el crecimiento económico (The Economist, 2026). Un conjunto de desventajas históricas acumuladas que han sido el caldo de cultivo de los actores antidemocráticos de la política latinoamericana reciente (Mainwaring & Pérez-Li~, 2023).
En efecto, el fenómeno dista mucho de ser un producto autóctono colombiano. Por el contrario, el afianzamiento de la polarización en la esfera pública va de la mano en América Latina con la aparición de «nuevos actores antidemocráticos» (Vergara & Quiñón, 2024). La particularidad de la atmósfera política colombiana en la actual elección presidencial radica en una convergencia histórica entre una vieja izquierda forjada ideológicamente en la Guerra Fría, nueva en el ejecutivo pero madura en el Estado, y una nueva derecha reaccionaria. Si bien ambos discursos coinciden en atacar el centro tradicional—establishment, casta u oligarquía—, esta nueva derecha hace parte de una tendencia global (Anti-Woke Movement). No es una derecha conservadora como la neoliberal de los 90 (el contenido del uribismo), mas, se considera reaccionaria y agente de una batalla cultural contra el globalismo, los derechos, la ciudadanía, el progresismo. Su anti-democratismo, no obstante, comparte actitudes con la vieja izquierda que sigue viendo con escepticismo e incomodidad el orden constitucional-liberal, amenaza permanente a la instituciones con el rechazo de los resultados electorales en nombre del “pueblo”; y, adicionalmente, posiciones ambivalentes en temas grises de la política colombiana como el rol histórico de las guerrillas, los paramilitares, las fuerzas armadas, o los delitos contra el derecho internacional humanitario en el marco del conflicto interno (Jurisdicción Especial para la Paz, 2026a, 2026b).

En términos globales, la insatisfacción con el centro tradicional, aunada a la intensificación de los discursos neopopulistas de derecha e izquierda, explican el rompimiento histórico de las tasas de participación política—61% proyectado para la segunda vuelta. Contrario a las visiones ingenuas que ven en las altas tasas de participación electoral un ejemplo de civismo, el fenómeno es uno de los síntomas más críticos de la salud democrática. En efecto, en las sociedades libres y abiertas, tasas de participación extraordinariamente elevadas son un indicador de altos niveles de insatisfacción social con su régimen, su economía y sus élites políticas. Un estado de la opinión pública que el neopopulismo ha sabido aprovechar a su favor, activando segmentos de la población tradicionalmente pasivos, pero integrándolos en la vida cívica con valores antidemocráticos. En este contexto, y en contraste con los resultados de la primera vuelta, los sectores de centro, moderados e institucionalistas desempeñan un rol clave en el equilibrio del sistema político.
2. Los determinantes del próximo presidente
En teoría, un sistema electoral de dos vueltas tiene la capacidad de crear las condiciones institucionales para configurar gobiernos multipartidistas (con los perdedores de la primera vuelta), los cuales garanticen tanto mejores niveles de gobernabilidad como mayor pluralismo en la composición de las administraciones y en el diseño de las políticas públicas. El sistema político colombiano no escapa a este axioma. Hasta ahora.
En el actual contexto de alta polarización política, resulta muy improbable que los votos de los candidatos ganadores experimenten cambios. Puesto que la tendencia general es que los votos de primera representen filiaciones partidistas o ideológicas, o bien reflejen un voto utilitario—lo cual podría explicar, en parte, la desbandada del uribismo hacia de la Espriella por temor a perder el voto con Valencia-Oviedo. Sin embargo, la segunda vuelta exige movimientos políticos de otra índole. En esta fase, es necesario desplegar estrategias capaces de capturar la mayor cantidad de nuevos adeptos, ya sea por identidad con alguno de los proyectos remanentes o bien, por un voto en contra. Y, precisamente, el centro juega un papel relevante en la configuración de estas mayorías y, por extensión, en la del próximo gobierno.
Desde este punto de vista, la bolsa de nuevos votos para la segunda vuelta está compuesta por tres grandes grupos: i) los votos de candidatos perdedores del centro (1.234.590); ii) los votos en blanco y nulos de ciudadanos activos, pero sin filiación política, o desafectos (652.359); y iii) los nuevos votantes del segmento abstencionista, cuya tendencia puede indicar un aumento del 3% en la segunda vuelta (1.247.678). En un escenario hipotético, en el que se agrupen los candidatos por tendencias políticas (ver infra), la derecha ganaría sumando solamente los votos obtenidos en la primera vuelta por Abelardo, Valencia-Oviedo y Raúl Botero (12.2 millones apróx.). Por el contrario, la izquierda, más concentrada en un partido monolítico, seguiría perdiendo con los votos obtenidos en primera (9.6 millones apróx.). En consecuencia, el candidato Cepeda es, sobre el papel, el más presionado por las cifras en este momento. El impasse de la primera vuelta justamente lo obligó a tomar decisiones disruptivas: como invitar a su opositor a un debate, declinar el proyecto de Asamblea constituyente, intensificar los contactos con el centro y reiterar la invitación a un “acuerdo nacional” que supondría una idea, hasta ahora vaga, de un gobierno multipartidista.

De otra parte, el candidato Abelardo, en lugar de moderar su discurso y sus formas, ha apelado a su fórmula vicepresidencial para captar un segmento clave de los conservadores, del centro y de los indecisos. En este sentido, José Manuel Restrepo debería tener la capacidad—algo más improbable en la vicepresidenta de Cepeda—de persuadir a una población caracterizada por su moderación, institucionalismo, visión más liberal de la sociedad, carácter urbano, niveles medios y altos de educación y sólida convicción en la tecnocracia del Estado. Un número significativo de estas clases no solo catapultó a Oviedo como el segundo más votado en la consulta de la derecha, sino que también reflejó un voto muy fiel a figuras del centro como Claudia López y Fajardo, a pesar de sus probabilidades de perder desde la primera vuelta.

Sin embargo, en el comportamiento electoral nada es automático. Pues ni los votos de la derecha fragmentada se moverán en bloque hacia Abelardo, ni los ciudadanos aún insatisfechos, con más de una decena de candidatos que votaron en blanco o anularon su voto, estarán dispuestos a escoger entre solo dos opciones extremas. Y, sin duda, la decisión de respaldo de los líderes del centro tampoco garantiza que sus partisanos los sigan disciplinadamente. Por lo tanto, las estrategias de marketing político seguirán desempeñando un papel relevante en una cultura política que parece exigir más espectáculo, radicalismo y violencia política, y menos deliberación. A pesar de esta inevitable tendencia de la democracia actual, las decisiones más sutiles pueden ser las más determinantes en un escenario de segunda vuelta potencialmente muy disputado, en el que el centro, los moderados, los indecisos y los abstencionistas determinarán hacia dónde se mueva la balanza el 21 de junio.
Al respecto, Juan Daniel Oviedo resulta una figura premonitoria de los temas que más pueden movilizar esa bolsa de votos contenida entre el centro, los moderados, los indecisos y los abstencionistas. Su capacidad para construir un capital político a partir de una estrategia de tomar posición—contraria a la tibieza tradicional del centro—frente a las zonas grises de la política colombiana representó una bocanada de aire fresco en una atmósfera cargada de silencios sospechosos o de fanatismo acrítico.
En este sentido, este segmento de votantes, ni abelardistas ni cepedistas, definirá su voto por la claridad de los candidatos sobre ese conjunto de desventajas históricas acumuladas como la pobreza, la inequidad, el desarrollo, un Estado fragmentado o una democracia en declive. Además de los temas controversiales y divisivos como el rol histórico de las guerrillas—cuya historia se ha intentado reescribir bajo este gobierno, heroizando y omitiendo sus vínculos con el terrorismo y el narcotráfico—; la concupiscencia entre paramilitares y las fuerzas armadas en la generación de muertes extrajudiciales o los falsos positivos que ascienden a 7.837 víctimas entre 1990 y 2016 (Jurisdicción Especial para la Paz, 2026a). O, finalmente, la condena política del delito de reclutamiento masivo de niños por la guerrilla de las FARC (cuyos líderes desmovilizados se sumaron a la campaña Cepeda) que, según la JEP (2026b), ha alcanzado un universo de 18.677 víctimas en el marco del conflicto armado.
Mientras estas zonas grises de la historia política colombiana se sigan esquivando, el debate (si lo hay) seguirá desfilando por los lugares comunes de una visión unidimensional del concepto clásico del Estado monopolizador de la violencia legítima, o una idea anacrónica del État providence con recursos infinitos; una economía librecambista, con un Estado mínimo y desarrollista; o su contraparte de un Estado intervencionista, con una burocracia expandida y una economía sostenible basada en la no explotación de hidrocarburos. Una propuesta populista pero extraña frente al 0.41% que representa Colombia en las emisiones globales de carbono (European Commission, 2025), además del 45% de participación de los combustibles en las exportaciones totales, seguidas de productos agropecuarios como café, flores y bananos con el 22% (DANE, 2026). Unas cifras que indican el modelo prototípico de economía de ingresos medios dependiente de materias primas (Amann & Figueiredo, 2024). Es decir, lo que un lenguaje eufemístico reconoce como «sur global», o, uno más crudo, llanamente, como subdesarrollo.
Conclusión ¿Fascismo o comunismo?
La extrema polarización política trae consigo lenguajes extremos. Y, potencialmente, actos extremos. A pesar de que los dos posibles presidentes de Colombia se acusaron en sus discursos posteriores a la primera vuelta de “fascista” y “comunista”, parece claro que ninguno comprende ni profesa a cabalidad y de manera consciente las ideologías políticas causantes de las mayores catástrofes humanas del siglo XX (Hobsbawm, 2020).
Sin embargo, su lenguaje violento, desafiante de las instituciones, discriminatorio de las minorías, los silencios sospechosos o la falta de crítica frente a las zonas grises de la historia política colombiana, o, finalmente, su concentración en el espectáculo de las redes o en el tribalismo de sus partisanos, mientras evitan la deliberación pública, son, todas, formas que erosionan un componente fundamental de la democracia: el constitucionalismo liberal. Ese complejo sistema de limitaciones y salvaguardas que nos protegen del poder del Estado y que lo autocontrola internamente (Lührmann et al., 2018).
En este sentido, es bastante improbable que el próximo presidente de Colombia convierta el país en un modelo soviético o nazi; sin embargo, el lenguaje, como sus actos, sigue inspirando formas iliberales de hacer política y, por extensión, de gobernar. Un modelo que en los últimos años, de acuerdo con los índices internacionales, ha causado el mayor deterioro de la democracia colombiana y que corre el riesgo de degradarse a la forma más común de las democracias contemporáneas: regímenes híbridos, autoritarismos competitivos, democracias electorales, o blended democracies. Sin importar el término que parezca más sofisticado, el resultado final es una sociedad menos libre, menos abierta, más polarizada, más violenta y un Estado con menos controles. Pues, los riesgos más probables de nuestra era no son el fascismo ni el comunismo, sino los iliberalismos que se esconden bajo el ropaje de la voluntad popular.
Referencias
Amann, E., & Figueiredo, P. N. (2024). Innovation, competitiveness, and development in Latin America: lessons from the past and perspectives for the future. Oxford University Press.
Centro Nacional de Memoria Histórica. (2013). ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad. Centro Nacional de Memoria Histórica.
DANE. (2026). Boletín técnico Exportaciones.
Defensoría del Pueblo. (2026, May 22). Rechazo al ataque contra las sedes política de Paloma Valencia y del partido político MIRA. https://www.defensoria.gov.co/-/rechazo-al-ataque-contra-las-sedes-politica-de-paloma-valencia-y-del-partido-politico-mira
Economist Intelligence Unit. (2025). Democracy Index 2024.
Economist Intelligence Unit. (2026). Democracy Index 2025. https://www.eiu.com/n/campaigns/democracy-index-2025/
El Tiempo. (2026a, May 14). Los audios en los que jefe de disidencias de “Calarcá” en Guaviare menciona a la campaña presidencial de Iván Cepeda: “Ojalá gane el compañero.” https://www.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/los-audios-en-los-que-jefe-de-disidencias-de-calarca-en-guaviare-menciona-a-la-campana-presidencial-de-ivan-cepeda-3555624
El Tiempo. (2026b, May 16). Asesinan a exalcalde y coordinador de campaña de Abelardo de la Espriella en el Meta: así adelantan la investigación. https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/asesinan-a-exalcalde-y-coordinador-de-campana-de-abelardo-de-la-espriella-en-el-meta-asi-adelantan-la-investigacion-3556226
European Commission. (2025). EDGAR - The Emissions Database for Global Atmospheric Research. https://edgar.jrc.ec.europa.eu/report_2025
Hobsbawm, E. (2020). The age of extremes: 1914-1991. Hachette UK.
Jurisdicción Especial para la Paz. (2026a). Caso 03: Asesinatos y desapariciones forzadas presentados como bajas en combate por agentes del Estado. https://www.jep.gov.co/macrocasos/caso03.html
Jurisdicción Especial para la Paz. (2026b). Caso 07: Reclutamiento y utilización de niñas y niños en el conflicto armado. https://www.jep.gov.co/macrocasos/caso07.html
Lührmann, A., Tannenberg, M., & Lindberg, S. I. (2018). Regimes of the World (RoW): Opening New Avenues for the Comparative Study of Political Regimes. Politics and Governance, 6(1), 60–77. https://doi.org/10.17645/pag.v6i1.1214
Mainwaring, S., & Pérez-Li~, A. (2023). Why Latin America’s Democracies are Stuck? https://freedomhouse.org/sites/default/files/2022-02/Aggregate_Category_and_
Ministerio de Defensa Nacional. (2026). Información Estadística. https://www.mindefensa.gov.co/defensa-y-seguridad/datos-y-cifras/informacion-estadistica
MOE - Misión de Observación Electoral. (2026, May 19). Mapa de riesgo por factores de violencia – actualización elección presidencial 2026. https://moe.org.co/mapa-de-riesgo-por-factores-de-violencia-actualizacion-eleccion-presidencial-2026/
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Registraduría Nacional del Estado Civil. (2026b, May 31). Elecciones Presidenciales de la República 2026. https://resultados.registraduria.gov.co/resumen/0/00/
Rojas R., A. (2022). El espectro de la izquierda en Colombia: elecciones 2022. Observatorio Político de Las Américas. https://www.observatoriopoliticodelasamericas.com/noticias/el-espectro-de-la-izquierda-en-colombia%3A-elecciones-2022
The Economist. (2026, June 1). Abelardo de la Espriella is now the front-runner in Colombia. https://www.economist.com/the-americas/2026/06/01/abelardo-de-la-espriella-is-now-the-front-runner-in-colombia
Vergara, A., & Quiñón, A. (2024). Volver a los actores antidemocráticos. América Latina: La Visión de Sus Líderes, Editado Por Andrés Rugeles, 729–740.
